Tras ayudarle a recoger sus cosas después del encontronazo que nos dio cita entre el pasillo de blancos y verduras, charlábamos a paso lento hacia las cajas. ¿Para qué es el artefacto? Para llevar a cabo un experimento señor. ¿Cómo dice que se llaman? Bi-no-cu-la-res. ¡Ahh vaya artificio de nombre! parece un instrumento muy sofisticado ¿para qué sirve? No se crea don, simplemente acerca más la visión de las cosas. Entonces mucho cuidado ya que esas cosas resultan ser un arma de doble filo, si viera lo que me ha costado acercarme a la verdad de lo que nos rodea, la gente me tilda de loco pues soy filósofo, ya se imaginará. Pero bueno dígame ¿sobre qué trata el experimento? La mera verdad es para observar a mi nueva vecina desde mi cuarto. ¿Y luego? Verá: resulta que ya tiene un par de meses que le ando rondando camino a casa cuando sale de la vinatería. Me gusta mucho el canto de su cuello, acostumbra traer el cabello recogido y tengo curiosidad por saber cómo ve el mundo desde esa perspectiva. Quiero sorprenderla con un poema pues dicen que es artista y que mejor que escribirle con la mirada para no estorbarle. Sabe joven, esto me recuerda que en cada esquina aún deambulan infinidad de Werthers. ¿Werthers? Si, esos personajes fatalistas que adolecen todo a escondidas. Sonreí con disimulo, no tenía la más remota idea de lo que hablaba mientras intercambiaba los billetes con la cajera. No deje de mantenerme al tanto de los resultados y recuerde que la contemplación de una obra de arte debe de ser un acto desinteresado, no se confunda muchacho. Me entregó su tarjeta de presentación y se marchó. Gracias Don Arturo le dije.
El crucero
Las mañanas frías ejercían drásticos cambios en su ánimo, algo así como puñaladas en un saco de boxeo. Los lamentos intestinales le recordaban la respetable cena que le había invitado su vecina la noche anterior y que hoy había pasado a mejor vida por la cañería del retrete. Asomó la vista por la rendija de la pequeña ventana del baño que da a la avenida, el cielo gris y el monstruo urbano aumentaron ese sin sabor que le va perdiendo uno a los días de vez en cuando. Regresó al reflejo en el espejo, una a una colocaba las herramientas para la metamorfosis acostumbrada. Salir al mundo envuelto en otro yo es la forma más cortés de no salpicar tu inmundicia entre extraños, tenemos que guardar algo para nosotros, si no ¿de dónde nos agarramos? ¿quién carajos sale a la calle completamente desnudo? Eran sus preocupaciones constantes, mientras el delineador surcaba el límite del ojo derecho y reflexionaba como tantas otras veces. Trasladar todo al papel sería la ocasión para descansar un poco la mente, quitarle el peso, pero desde el momento en que uno plasma en palabras su experiencia algo se pierde para siempre – meditaba- delineando en el reflejo el ojo izquierdo. Dejarse de tonteras. Mejor olvidar el desvarío con labial rojo carmesí para la mueca perfecta. Maquillar los surcos de los años escondiendo los motivos por los cuales ha llegado hasta ahí. Darle vida a un par de chapas irreverentemente pintarrajeadas para captar la atención del espectador. Enfundarse en la vieja peluca arcoíris como premisa de un puente que se debe cruzar para encontrar eso que seguimos a tientas. Guantes blancos para no ensuciarse de la vida. Nariz enorme para acentuar el sentido del olfato que ha perdido el rastro por las cosas grandes que se resbalaron de las manos. Traje despampanante para reafirmar su falsa modestia. Medias deshiladas reflejo de su verdadera condición, roto. Zapatos gigantes para pisar con fuerza la cotidianidad y no dejar desapercibida su existencia. Bolsa repleta de aros, pelotitas, listones, mascadas multicolor y una que otra sorpresa para deleite del que busca consuelo transitando. Todo queda listo en cuarenta y cinco minutos que toma prestados del reloj entre bocanadas de humo y sorbos de café. A las nueve de la mañana el espejo ha parido al híbrido que lo acompaña desde hace ya varios años en aquel crucero de las calles independencia y porvenir.
Desvarío noctámbulo
Neblina falaz
alternando intentos
soledad del ir.
*
Al anochecer
la violencia del sexo
juega el revés.
*
Las pesadillas
materializan la voz
en deseo febril.
*
El amanecer
disipa el letargo
en el tintero.
Au revoir
Sólo por no dejar: pues como dicen por ahí se deben cerrar ciclos para que la comezón de esas cosas no nos tome desprevenidos una vez más. Que la marea se lleve todo a otro puerto y que traiga de vuelta nuevos bríos, inquietudes y espacios por explorar, así no'más.
Ni de aquí ni de allá
La carretera se nos presenta como una posibilidad de renuncia a los lugares comunes, búsqueda constante de la otredad o fuente de exploración connatural en el ser humano. Ni de aquí ni de allá, los desplazamientos geográficos nos conducen a una extensión más de nuestros sentidos, cúmulo de secretos y posibles aperturas. Inquebrantables al paso de las estaciones las rutas de asfalto –algunas- se mantienen estoicas al calor del mediodía y solitarias por las noches; basta poner atención en las piedras y pastizales a sus orillas, cómplices del tiempo que nos arroja una hermandad profunda lejos del desfile de jaulas que es el tránsito vehicular. El automovilista va y viene dejando atrás ya el silencio que en lontananza permanecía inerte en los espacios blancos de la vida, somos una errata en cada trecho recorrido, ni de aquí ni de allá...
Momentitos
- El orgasmo es la medida de nuestras limitaciones temporales. Nada expresa tan rigurosamente el carácter efímero de las sensaciones y de la vida corporal.
- El orgasmo es un acontecimiento de orden estrictamente físico; prueba de ello es que dura muy poco y cualquier cosa puede provocarlo.
S.E.
Espacios inhabitables
Ante la imposibilidad del silencio me quejo como un pusilánime sin remedio, soy quejumbroso y qué. Es lamentable cuando gente que no tiene nada en común se reúna para coexistir por asares del destino, del hastío, de la monotonía en esos graderíos de jolgorio masificados llamados cines. La gran mayoría detesta estar a solas con sus pensamientos, ya sea por falta de práctica o comúnmente –intuyo- se debe a su incapacidad para convivir consigo mismos por temor al resultado de dichas confrontaciones, le sacan al ruedo. Para negarse ante la posibilidad de un silencio comunitario; necesitan como un supositorio ansiolítico: susurrar, platicar, seguir “pineando” en esas prótesis del alma denominadas blackberry, besuquearse, hacer comentarios fofos o simplemente explotar en carcajadas nerviosas a la menor provocación para escapar de sí mismos, seguir a la masa pues, dejando de lado el motivo principal por el cual están postrados allí.
Debería existir un manual sobre comportamiento humano dentro de las salas de cine, algo así como: Apaga tu black pues acá también hay vida atarantado, prohibido el exceso de frotamientos corpóreos (para eso están los moteles), omitir suposiciones del desenlace de la trama de viva voz, omitir preguntas pendejas y comentarios insulsos (ese actor me requeteencanta, ¡mamita!, ¡papito! ¿viste?, ¡Ay! No entendí amor y así), susurrar en la nuca de los ahí presentes, controlar a sus peques con pataditas al asiento, levantarse a media película por el pinche combo para abastecer a la novia, pero sobre todo una nota al calce: RESPETO POR EL ESPACIO AJENO CABRÓN IRRESPETUOSO.
Imagino lo que pasaría en estos tiempos violentos si hubiera un conato de incendio, un bombazo, un ataque alienígena o alguna circunstancia por las que se tuviera que permanecer indefinidamente encerrado en la sala, todos juntitos y apretaditos como sardinas “conviviendo”, basta decir que el desenlace sería catastrófico. Un poquito de cordura y sentido común sin llegar a ser un monje tibetano sería lo ideal para que todos y cada unos de los presentes salieran contentos por lo proyectado.
Sólo resta recargarme en una quimera para aquellos bienaventurados que vamos de vez en cuando a tratar de disfrutar una película al cine: que exista un horario a eso de las tres de la mañana en lunes para gozar plácidamente como buen espectador lo que la pantalla ofrece, pero quién sabe, a lo mejor por ser la “novedad de horario” se abarrotarán las salas para darle rienda suelta al homicidio colectivo del silencio que tanto estorba en estos tiempos.
Mientras tanto en los 80´s
¿Por qué no has llegado? fue el último pensamiento que recuerdo antes de caer vencido por el sueño al regreso de la primaria. Los pensamientos suelen tornarse tan poderosos mientras uno duerme, acortan distancias, rompen ausencias, imagino que son desprendimientos del alma que busca. Se han convertido en mi activismo mientras vuelves a la esquina de mis vicios. Me gusta pensar así. Me gustas.Te gusto. Me gustas irremediablemente. Me gusta siempre.
Abrí los ojos a eso de las cinco y media de la tarde pues la cortina de la habitación se movía vertiginosamente, como si quisiera cachetearme, entablar un diálogo vespertino, qué se yo. Escalofríos. Recostado, aún adormilado entraba un vientecito muy fino a través de la ventana señalando un punto en la calle pero no lo entendía, no lo ubicaba. Avanzaron los minutos mientras contemplaba la danza de la cortina al ritmo de Laureano/ángel/del/rock/Brizuela que tocaba la radio. Chamaco te habla Nelson alcancé a escuchar por el pasillo que daba a la puerta principal. Uno a uno me puse los panam azules, el short café, la playera gris ocean pacific of course y salté a la reta de los jueves. Pelotazo salver en la jeta de Martín volvía locos de risa al graderío donde Dafneojosverdesdequinceaños me observaba a la distancia provocando excesos en mis movimientos varoniles en la contienda. Barridas, rodillas desechas en el pavimento, punteadita, cepíllala, sácale la uña loco, parado-parado, te caen, te caen, ¡pinches chamacos váyanse a jugar a otro lado ya ni la chingan! espetaba doña Julia que regresaba atiborrada de bolsas del mandado.
Pero no, mi pregunta en pretérito punzaba cada vez más en el pecho, ni la bella Dafne, ni la cáscara, ni las flans, ni el tío Gamboin, ni los calabozos y dragones, ni la ignorancia de corre GC corre dejaban de lado mi terrible aflicción. Ya había pasado casi una semana de nuestro último encuentro a escondidas de mis jefes. ¡Oh! extraño tanto la dulce sensación, encuerarte de a poco, llevarme cada uno de tus recovecos a la boca, humedad, descubrir mis preferencias a partir de ti. El pitido de la combi amarilla abrió paso por media calle-cancha, se detuvo en el lugar acostumbrado, hacías acto de presencia nuevamente. De hoy no pasa -me dije- mientras las retinas se posaban allá en la esquina de nuestros encuentros. Salí disparado a casa, me bañé en chinga. Entre aromas de nalgas sudadas, ardores de rodilla, caprice y jabón escudo me dieron las siete.
Vueltas y vueltas en la habitación, ya iban a dar las ocho de la noche para emprender la caminata conocida y consumar mis fechorías como todos los jueves. Asomé la vista a la sala, mi jefa estupefacta con mi padre no cabían de asombro a lo que Jacobo denominaba la catástrofe más devastadora en la historia del país. No, no me importaba pues eso ocurría en un mundo paralelo y lejano a mis deseos, en otra galaxia. Luces multicolor bajaron del mismísimo cielo cuando mi jefecita dijo: agarra la bolsa y vámonos. Ahí iba yo pues entre aturdido, corazón en mano y el objetivo en la mirada al borde del precipicio. La bolsa se iba llenado de jamón, bolillos recién saliditos, titán de grosella, cajetilla de raleigh que Don Rube iba depositando al calor de las noticias imperantes del día. Qué desgracia le decía a doña Violeta. A veces, sólo a veces despierta algo en el amanecer que también despierta el impulso de atraparlo. Allí estabas formadito en una hilerita de ensueño, chingue su madre ahora o nunca. Un mal paso en reversible me hizo caer esparciendo el paquetito de sugus que me había llevado a la bolsa. ¡Pinche chamaco! ¡mira no más lo que me faltaba! ¡qué vergüenza! disculpe usted Don Rube ya ve cómo son estos escuincles, ahorita vas a ver cabrón cuando lleguemos a la casa, vas a ver. En fin, los trayectos hacia el pasado suelen ir acompañados de un jalón de patillas hasta el lugar común de las añoranzas perdidas…
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